Cada vez que en la caja del supermercado se registra la compra de un producto con un escáner de código de barras, se guarda un registro en una computadora; lo mismo sucede cada vez que damos un “click” en una página de internet, que enviamos un “whatsapp”, que hacemos una llamada telefónica, que subimos una foto, que aceptamos un nuevo amigo en una red social: estamos sumergidos en un enorme océano de datos.1

 

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